Opinión

Aplausos sinceros, aplausos para idiotas y serviles

Los aplausos son esa ruidosa expresión de aprobación o reconocimiento. Nos gustan mucho en conciertos u obras de teatro y tal vez con uno que otro discurso.

4 May, 2020
¿En realidad necesitamos los aplausos? Bueno, depende.

Tan bonitos que pueden ser los aplausos (a veces).

Los aplausos son esa ruidosa expresión de aprobación, festejo o reconocimiento. Nos gustan mucho en conciertos u obras de teatro y tal vez con uno que otro discurso.

Como audiencia nos dan unidad, como exponentes nos dan satisfacción.

Nos gusta ahorrarnos comentarios en las redes sociales y recurrimos al emoji de aplauso para sintetizar nuestro agrado por tal o cual idea o con videos solidarios, emotivos y hasta cursis.

Son la expresión más genuina de la que somos partícipes y se entienden en todas las latitudes del mundo y en todas las sociedades.

¿Pero realmente los necesitamos?

En eventos masivos musicales o deportivos sí, por supuesto. Sirven hasta como desahogo.

El sonidero los necesita y el conductor de eventos para que «se oiga la gente».

En las empresas también, ya sea porque se mantiene la motivación del equipo y se reconoce a un empleado o equipo por su esfuerzo.

Igualmente en las escuelas porque niños y niñas se motivan y entienden que con dedicación se obtienen logros personales.

También escribí: Ser responsable y asumir las consecuencias, de eso se trata.

Sin embargo nadie vive de aplausos…a menos que seas un lambiscón que a toda costa busca la aprobación de tu jefe, recibir su visto bueno y su bendición.

Ese formato de persona es en esencia despreciable por su capacidad de cambiar su opinión según el momento, por su hipocrecía a la medida.

En todos lados hay un aplaudidor servil que busca su propio aplauso, pero hoy más que nunca han resurgido con fuerza de la mano de la 4T porque, ya lo sabemos: 90% honestidad y 10% de capacidad son valores suficientes.

El verdadero problema: la autoestima.

La necesidad de reconocimiento rebasa toda lógica, de ahí que concluya que el verdadero problema de raíz en el mexicano es de autoestima.

Encuentra muletas en todos lados para darse cierto valor: ondea una bandera y agita matracas, se pone la verde, bebe tequila, echa porras y canta al grito de mariachi.

Su barrio lo hace a él, sus aficiones, costumbres y mitos. Echándole muchas ganas, persiguiendo la chuleta y porque como México no hay dos.

Y obviamente no, idiota: así como no hay dos Chinas ni dos Haitís ni dos Mónacos.

El «sí se puede» es una definición de mediocridad, porque el que puede simplemente lo hace.

Porque se preparó, trabajó por ello y lo hizo, y entonces los aplausos sinceros de los demás se harán sonar.

¿Pero buscar aplauso? Ni que fuera un demagogo inseguro con impedimentos mentales. 

Prefiero una justa remuneración por mi trabajo: ese es el mejor reconocimiento que puedo tener. 

Y recuerda que si no tienes buenos principios, siempre tendrás dudosos finales.

Aplausos.